Los niños y el fallecimiento

Cuando ocurre un fallecimiento en la familia y hay niños de por medio, muchos papás no saben cuál es la mejor forma de hacer frente a esta situación. En ocasiones, suelen evitar contar a sus hijos qué es lo que ha ocurrido. De repente los niños se encuentran un día en que su papá, mamá o el abuelito no están y que no les van a volver a ver. Muchas veces se les explica que su papá está en el cielo en forma de estrella y desde ahí le va a proteger siempre, pero ¿qué ha pasado para que no vuelva a verle nunca más?

Evitamos contarles a nuestros pequeños lo ocurrido para no hacerles daño, pero la realidad es que de esta forma estamos perjudicándole más que ayudándoles. La clave de manera general es  mirar dentro de nosotros, porque lo que sucede es que  no sabemos cómo gestionar y  hacer frente a esta difícil situación.  No hay que martirizarse por no tener las herramientas necesarias, nadie nos prepara para este tipo de importunios delicados. A pesar de que es un momento por el que toda familia va a pesar, el proceso se complica un poco ya que, como adultos, también tenemos que superar  el  duelo. Es suficientemente duro por sí mismo, por lo que se incrementa intentando sacar adelante el duelo del niño.

Muchas personas creen que al ser tan pequeños no se enteran de nada, pero la realidad es diferente. Cuando ocurre alguna situación dolorosa en el ámbito familiar, ya sea una pérdida o cualquier otro suceso que pueda afectar al ambiente emocional de la familia, es importante tener en cuenta que los niños son capaces de apreciar este estado y esta preocupación en los miembros de la familia. Incluso si tienen sólo meses.

Si uno de los papás ha caído enfermo, aunque al niño no se lo comuniquen explícitamente, éste lo va a percibir. ¿Por qué? Notará que su papá no está en casa, que su mamá va y viene y que no está tan disponible como estaba. Que la hora del baño es su tía la que se ocupa de hacerlo y que últimamente duerme muchas noches en casa de sus abuelitos, además siente que todos están más serios de lo normal y no se tiene tiempo para jugar. Toda esta cadena de eventos desestructura la rutina diaria de el niño sin éste saber muy bien porqué. No caigamos en el error de centrarnos sólo en el lenguaje verbal. Realmente el no verbal es aquel que nos hace percibir el cambio de las contingencias del ambiente desde que tenemos días.

Si, por ejemplo,  un niño ha perdido a su papá con tres años, cuando éste sea mayor, rememorará lo ocurrido, es cierto que probablemente no podrá verbalizarlo o volver a recrear este recuerdo, pero el daño se quedará grabado a nivel kinéstesico, es decir, a nivel corporal y emocional;  las sensaciones  sin resolver de toda esta experiencia quedan grabadas.

El problema viene cuando nadie ha ayudado a este niño a dar sentido a la pérdida y a poder conformar y procesar este evento. Si esto no ocurre, el niño tendrá un puzzle incompleto de la situación que podría generar consecuencias negativas a largo plazo: en su desarrollo  intelectual, social y emocional. Y en muchas ocasiones también físico.

Por tanto, te dejamos algunas orientaciones que esperamos que te sirvan:

  • No apartar al niño del problema. Es una protección que como adultos nos sale de manera automática, pero recuerda que puede ser contraproducente.
  • Emplear un lenguaje adecuado a su edad y no dar detalles que el niño no alcance a comprender, lo cual no quita que no se pueda contar la verdad de lo sucedido.
  • Es importante que entiendan que el fallecimiento es definitivo e irreversible. En ocasiones podemos asemejar la muerte con un sueño o viaje, esto, sobretodo en niños más pequeños, puede convertirse en una esperanza dolorosa de que la persona regrese.
  • Dar al niño su tiempo y espacio para hablar sobre el suceso y no evitarlo. En ocasiones, es el adulto quien se escapa del abordaje, bien porque con ello él mismo se remueve, o bien porque puede pensar que hablar de ello es perjudicial para el niño. Este punto es importante para que se pueda asimilar y dar sentido al cambio acontecido en casa. No hay un tiempo límite para determinar que el duelo ha pasado, esto depende de la persona y de la situación. Ahora bien, cuando el duelo no se inicia es cuando puede darse una patología.
  • Preguntarle sobre cómo se siente, expresar sus emociones, es importante hacerles ver que es normal que lloren y que estén tristes y rabiosos. Si cuando ellos lloran ven que es una amenaza para el adulto, lo que harán será reprimir esas emociones no dándoles salida. “Si yo lloro mi papá/mamá se poner peor, entonces no voy a llorar”. A veces, tendremos que acompañarles para dar sentido a esa vorágine que se ha creado en ellos.  ¿Te acuerdas de la primera vez que tuviste que hacer frente a una pérdida? Estoy segura de que resultó muy abrumador y doloroso.
  • Ante el fallecimiento de un ser querido pueden despertarse sentimientos de culpa en el niño. Por ejemplo, por no haberse portado bien cuando su papá se lo decía y creer que ha sido por su desobediencia que se han puesto todos tristes en casa. Es por ello especialmente importante explicarles lo sucedido y desculpabilizarlos de lo ocurrido.
  • Es normal que el niño pueda sentirse inseguro y pueda aparecer como consecuencia al fallecimiento conductas disruptivas o ansiedad de separación ante el otro progenitor por miedo a que a éste pueda ocurrirle algo. Por tanto es importante, como adulto, buscar ayuda en caso de necesitarlo y poder trabajar primero nuestro duelo para así poder ayudar a nuestro hijo de una manera más efectiva. Los niños se regulan emocionalmente a través de los papás, si el adulto emocionalmente no se encuentra bien, el niño no va a poder regular sus propias emociones.
  • El objetivo no es que borre lo ocurrido en su vida, sino que lo integre con el resto de recuerdos y pueda elaborar lo que ha sucedido, de esta forma la emoción no inundará ni paralizará a la persona a largo plazo.

Muchas veces necesitamos de ayuda externa para seguir el camino y para nosotros como adultos ayudar a los más pequeños, es una decisión valiente y nosotras podemos ayudarte.

 

Lidia García Asensi
Psicóloga Sanitaria
Nº Colegiada M-27717